Samuel morris (kabu)

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EL PRINCIPE DE LA SELVA
Prenda de guerra

    El Continente Africano ha dado al mundo muchas de las joyas más preciosas, pero estos diamantes en bruto no brillan cuando se los descubre. Son piedras opacas que necesitan ser cortadas y pulidas para que puedan luego resplandecer con los colores del arco iris.

    Y así, África nos ha dado a uno de los líderes cristianos más ilustres de los tiempos modernos: Samuel Morris. La gloria de la verdadera Luz del Mundo se ve reflejada con claridad meridiana en este diamante negro que Dios hallara en el Africa más oscura. Pero el poder radiante que hizo de Samuel Morris un líder irresistible a los hombres, no fue suyo de nacimiento. Primero, Dios tuvo que tratarlo para tallarlo y pulirlo hasta que estuvo en condiciones de exhibir al mundo ese poder glorioso.

    Conociendo la vida del joven africano, podemos afirmar que no fue lo que algunos podrían llamar un afortunado. Durante su infancia y adolescencia vivió semidesnudo, casi al mismo nivel de los animales inferiores. A la edad de quince años era tan sólo uno de los miles de jóvenes nativos escondidos en las selvas del Africa Occidental. Su tribu descendía de los Kru y habitaba en los bosques al oeste de la Costa de Marfil.

    Su nombre nativo era Kaboo. Su padre era jefe de la tribu. Pero, a pesar de que Kaboo era el hijo mayor de su padre y así un príncipe, en todo el mundo no existía una criatura más miserable que él. Había caído de una posición de libertad y honor a una de desgracia y peor que la esclavitud.

    En aquellas regiones era costumbre que un jefe derrotado en una guerra debía dar a su hijo mayor en prenda o rehén para asegurar el tributo que se imponía al vencido. Si el pago se retrasaba, el hijo frecuentemente era sometido a torturas. Esa fue la suerte de Kaboo.

    Siendo aún pequeño su padre fue derrotado en dos ocasiones por tribus vecinas y Kaboo debió ser entregado en prenda al jefe victorioso. La primera vez ocurrió mientras Kaboo era demasiado pequeño como para recordarlo. Su padre pudo pagar la indemnización prontamente, y el hijo le fue devuelto. La segunda vez, Kaboo estuvo prisionero durante varios años antes de que se pudiera completar su rescate. Fue esta una experiencia tan terrible que Kaboo nunca quiso hablar de ella.

    Por un tiempo muy breve pudo permanecer en su hogar antes de que su tribu se viera envuelta nuevamente en una guerra desastrosa. Una coalición de tribus enemigas dirigida por un salvaje cruel y depravado derrotó a su pueblo, arruinó la cosecha y quemó la aldea. Su padre fue obligado a mendigar la paz y a prometer una indemnización mucho mayor de lo que su asolado territorio podría proveerle para pagar. Kaboo, que tenía entonces quince años, fue entregado por tercera vez en prenda para asegurar el cumplimiento del duro acuerdo.

    El día fijado para el pago, el padre de Kaboo vino con todo el marfil, caucho, nueces de cola y otros artículos de comercio que su gente había podido juntar. El jefe victorioso tomó todo lo que habían traído y después de ponerle precio, declaró que no era el total de lo prometido, negándose a entregar al prisionero.

    El padre de Kaboo, al borde de la desesperación, resolvió hacer un último esfuerzo. Convenció a la tribu para que sacrificaran sus últimas pertenencias. Al llegar en su segunda visita, su ofrenda fue nuevamente declarada insuficiente para cubrir la deuda. Desde unos cuantos años atrás su conquistador estaba manteniendo un comercio floreciente con mercaderes de Sierra Leona, intercambiando su botín de guerra por sal, chucherías y ron. Mayormente ron. Al aumentar su apetito por la bebida fuerte, su idea del valor de la moneda nativa disminuía. No había pago de rescate suficiente si no lo mantenía bien provisto con bebida alcohólica.

    Conociendo de antemano la injusticia de este salvaje desesperado por la bebida y, temiendo que su hijo ya no pudiera sobrevivir a las torturas, el padre de Kaboo llevó en esta segunda visita a una de sus atrayentes hijas para dejarla como rehén en lugar de su hijo.

    Kaboo se opuso diciendo:

    —Yo puedo sobrellevar el castigo mucho mejor que mi hermana. Deja que me quede.

    El padre comprendió que no podía hacer otra cosa que regresar con su hija, dejando que Kaboo enfrentara su destino.

    Al no volver luego con lo exigido, el jefe enfurecido dio orden de que el muchacho fuera castigado a latigazos todos los días. El castigo era cada vez más prolongado y severo. El látigo utilizado era una vara espinosa de cierta enredadera venenosa; cada golpe le arrancaba la piel e implantaba una sustancia afiebrante. La víctima agonizante sentía como si todo su cuerpo estuviera abrasado por las llamas.

    Cada vez que el verdugo atormentaba a Kaboo, un esclavo Kru, testigo del castigo, era enviado al padre con la relación desgarradora del suplicio. A esto se añadían amenazas de cosas peores para el futuro si no redoblaba los esfuerzos por llenar los requerimientos de su conquistador.

    Las heridas de Kaboo no tenían tiempo de curarse. La piel y la carne de su espalda colgaban a jirones. Pronto estuvo tan exhausto por la pérdida de sangre y por la fiebre que ya no podía mantenerse erguido. Entonces prepararon dos vigas en forma de cruz y hasta allí lo arrastraban para castigarle duramente en la espalda.

La fuga milagrosa

    Kaboo tenía la esperanza de que la muerte llegaría a liberarlo antes de que experimentara el destino horrible de un rehén no redimido. Algunos hombres de su tribu habían sido tomados como esclavos por este jefe cruel. Varios de ellos fueron acusados de hechiceros y Kaboo los vio literalmente ser despedazados por aquellos salvajes y enfurecidos borrachos. Pero en esos momentos él se hallaba enfrentando una situación aún más diabólica.

    Anticipando la posibilidad de que el padre de Kaboo no volviera, ya habían cavado una fosa. Si el castigo final no persuadía a que se hicieran otros pagos, lo enterrarían vivo hasta el cuello. Por la fuerza abrirían su boca, le untarían con melaza para atraer a las hormigas de un hormiguero cercano. El tormento resultante sólo le prepararía para el acto final cuando a otra clase de hormigas —la temida marabunda— se le permitiría devorar su carne poco a poco. Estas hormigas han sido el terror del África tropical; cuando una columna de ellas estaba en marcha, solían destruir todo ser viviente que encontraran en su camino. El acto final de la tortura era obvio. Luego, cuando las hormigas ya hubiesen limpiado los huesos de la víctima hasta no dejar ni una partícula de carne, su esqueleto sería colocado frente a la choza reservada para el sacrificio de las víctimas como simple recordatorio a todo futuro deudor.

    Al ser echado sobre las dos vigas dispuestas en forma de cruz para su flagelación final, Kaboo perdió toda esperanza de rescate y sus fuerzas lo abandonaron, anhelando sólo la ayuda que la muerte le ofreciera.

    De pronto, algo muy extraño sucedió. Una gran luz, como la de un rayo, irrumpió sobre él. Los que estaban a su alrededor quedaron enceguecidos por ella. Una voz audible que parecía venir de lo alto le ordenó levantarse y huir. Todos oyeron la voz y vieron la luz pero no vieron a ningún hombre, y no lograban entender de qué se trataba.

    Al mismo tiempo tuvo lugar una de esas sanidades instantáneas que la ciencia no puede explicar ni negar. En un abrir y cerrar de ojos Kaboo recobró sus fuerzas. No había comido ni bebido en todo el día; sin embargo no sintió hambre, sed o debilidad. Saltando, obedeció a esa voz misteriosa y huyó de los consternados enemigos con la velocidad de un ciervo.

    ¿Cuál era el origen de esa luz misteriosa que le había traído nuevas fuerzas y libertad? Kaboo no lo sabía ni podía imaginarlo. Nunca había escuchado del Dios cristiano, nada sabía de hechos especiales de la Divina Providencia. Nunca había escuchado acerca de un Salvador que una vez fue puesto como prenda, en rescate por muchos. Este príncipe terrenal que pocos momentos antes había estado colgado de dos vigas en cruz para su tortura final, jamás soñó que un Príncipe celestial había sido también aprisionado, burlado y golpeado padeciendo una muerte degradante, después de una lenta tortura, sobre dos maderos en cruz.

    Pero lo que Kaboo sí sabía era que un poder invisible y misterioso había venido para rescatarlo. Unos instantes atrás había estado malherido, enfermo, sin fuerzas siquiera para erguirse y, ahora estaba huyendo a toda velocidad.

    Era viernes el día de su huida y Kaboo nunca lo olvidó. Lo llamó su Día de Liberación; y durante el resto de su vida festejó aquel evento ayunando todos los viernes, sin tomar agua ni alimento.

La luz bondadosa

    Una vez libre, Kaboo se escondió en el hueco de un árbol hasta que cayó la noche para eludir a sus perseguidores. Entonces se dio cuenta de que había escapado de la muerte para precipitarse a una situación no menos grave. Estaba solo en la selva donde nadie podía tener la esperanza de sobrevivir mucho tiempo. Sin armas, sin tener a quién recurrir, sin saber a dónde dirigirse, su situación era desesperante.

    No se atrevía a regresar a su tribu porque de hacerlo traería sobre su pueblo la venganza del conquistador enfurecido. Tampoco podía ser visto por miembros de otras tribus pues le devolverían a su opresor a cambio de una fuerte suma que generalmente se pagaba por un rehén escapado.

    En tan difíciles circunstancias ocurrió otra vez algo sobrenatural. En esas regiones la selva aun de día es oscura, y de noche imposible de penetrar. Sin embargo la misma luz bondadosa que había inundado el escenario destinado para su ejecución, volvió a brillar en derredor suyo. Mucho tiempo atrás, viajando en otro tipo de desierto, una compañía de hombres liberados también gozó de una guía similar cuando el Señor “iba delante de ellos de día en una columna de nube para guiarlos por el camino, y de noche en una columna de fuego para alumbrarles” (Éxodo 13:21). Sin poder explicar la naturaleza de aquel fenómeno, Kaboo vio su camino iluminado.

    Y él necesitaba esta luz tanto como la necesitaron los hijos de Israel. Los incontables peligros de la selva le acechaban. Pero más aún que a la mirada feroz de los leopardos y a la ponzoña de las serpientes, Kaboo temía a los seres de su propia especie. En las selvas de esta región tan vasta, vivían algunas de las razas más primitivas del mundo, entre quienes el canibalismo era una práctica generalizada. Caer en sus manos hubiera significado un fin horroroso.

    Y a través de todos estos obstáculos y peligros, la luz bondadosa fue guiando a Kaboo. Con su ayuda, de noche veía lo suficiente como para juntar frutas y raíces para alimentarse y, para cruzar lagos y ríos donde se distinguían los ojos brillantes del cocodrilo en acecho.

    Durante el día siguió escondiéndose en los troncos de los árboles, para evitar a los vigías de las aldeas. Después de caminar muchas noches, Kaboo llegó a una plantación en las afueras de una ciudad, junto a un río. Hasta ese momento, no se había encontrado con un solo ser humano. Tampoco hubo guía alguno que lo dirigiera a través de la selva, hasta aquel lugar.

    A primera vista, comprobó que aquella no era una aldea nativa, sino una población extranjera, peculiar del hombre blanco. Hubiera temido acercarse a los edificios si no hubiese visto a uno de su propia tribu Kru, trabajando a cierta distancia. Kaboo se le acercó y se enteró, para su gran alegría, que no había caído en manos de esclavizadores sino de liberadores de esclavos. La luz misteriosa lo había guiado a una colonia, cerca de Monrovia, la capital de Liberia.

    Para poder apreciar esta tercera manifestación del favor divino, debemos recordar que en ese tiempo casi toda Liberia era una jungla, dominada por la ley de la selva. Cuando Kaboo llegó a Monrovia, este era el único baluarte importante de la civilización en el país. De esta manera Kaboo fue guiado a la comunidad que, de entre miles, podía brindarle verdadera seguridad.

    Fue también en un día viernes, su Día de Liberación, cuando Kaboo salió de la jungla a salvo y encontró aquella aldea semanas después de haber huido de la muerte.

Un nombre nuevo

    Kaboo buscó y encontró empleo en la plantación de café, donde el otro muchacho Kru ya estaba trabajando. Por su trabajo le dieron una litera en las barracas, comida y ropa sencilla, como la que usaban los otros obreros nativos.

    Su compañero Kru había estado escuchando a los misioneros y había aprendido a orar. Kaboo lo vio arrodillado, con los brazos y el rostro en alto. Cuando Kaboo le preguntó qué era lo que estaba haciendo, contestó:

    —Estoy hablando con Dios.

    —¿Y quién es tu Dios? —preguntó Kaboo.

    —Él es mi Padre —contestó el muchacho.

    —Entonces estás hablando con tu Padre —dijo Kaboo.

    En lo sucesivo, siempre llamó a la oración “hablar con mi Padre”. Para su fe de niño, orar era tan sencillo y seguro como conversar con un padre terrenal.

    El domingo siguiente, invitaron a Kaboo al culto en la iglesia. Se encontró con una multitud reunida alrededor de una mujer, que hablaba a través de un intérprete. Estaba contando acerca de la conversión de Saulo; cómo una luz del cielo, repentinamente, lo alumbró y una voz misteriosa le habló desde lo alto.

    Kaboo, sin poder contenerse, se puso de pie y exclamó:

    —¡Esto es justamente lo que me pasó a mí! ¡Yo he visto esa luz! ¡Es la misma luz que me salvó y me trajo hasta aquí!

    Kaboo se había estado preguntando por qué había sido salvado tan maravillosamente de la muerte y guiado a través del bosque. De pronto, en un segundo, comenzó a entender.

    Dios sólo manifiesta su poder salvador cuando un alma toma conocimiento de Él y ejerce una fe consciente. Pero en su providencia, frecuentemente protege la vida y sana el cuerpo de aquellos que aún no le conocen; a veces en respuesta a las oraciones de los creyentes y otras en cumplimiento de sus misericordiosos y soberanos propósitos.

    Pero Kaboo estaba ciego aún al significado de la salvación, como lo estaba Saulo al caer en tierra, camino a Damasco. Saulo tuvo necesidad de un creyente para instruirle.Y así como viniera el mandamiento divino a Ananías, igualmente recayó sobre aquella misionera la responsabilidad de orientar a Kaboo.

    Se trataba de la señorita Knolls, de Fort Wayne, Indiana, Estados Unidos. Educada en la Universidad de Taylor, recién había llegado a Liberia. Muchos otros, después, ayudaron en la instrucción de Kaboo, pero fue ella quien lo guió al reino de Dios y le hizo ver su verdadera misión en la vida.

    Después de aquella intervención intempestiva en la reunión, Kaboo comenzó a participar regularmente de los cultos religiosos y de las clases que la señorita Knolls conducía. Ella le dio las primeras lecciones, básicas para leer y escribir el inglés. Poco a poco, aprendió la maravillosa historia del nacimiento de Jesús, en un pesebre; su ministerio entre los humildes, pecadores y enfermos; su muerte expiatoria y su resurrección. Muy pronto, Kaboo aceptó a Jesús, este “recién descubierto” Salvador de almas, el mismo “Dios desconocido” que hacía poco tiempo le había sanado el cuerpo.

    Sin embargo, Kaboo no estaba satisfecho. Comenzó a sentir el deseo de ser como esta mujer de Dios. Anhelaba poder predicar a su propia tribu Kru, en su idioma, las buenas nuevas del amor de Dios, que habían traído paz a su corazón. Pero sentía su completa incapacidad y falta de autoridad para esta misión.

    Como todo creyente recién convertido, Kaboo muy pronto fue consciente de que la redención de la culpa y del castigo de los pecados del pasado no lo liberaba de cometer pecados futuros por causa de la debilidad de la carne. Así como su cuerpo llevaba las marcas de muchos latigazos recibidos, su alma estaba habituada al temor y al odio, cultivados durante años de cruel sufrimiento. La degradación a la que había sido sometido, le dio un irremediable sentimiento de inferioridad. Ignorante y proscrito, no veía mucho futuro para sí mismo a menos que ocurriera otro milagro.

    Kaboo no sabía que Dios había hecho provisión sobrenatural para sus hijos mediante el Espíritu Santo.

    Es decir, que la redención por la sangre de Cristo se hace efectiva a través del poder del Consolador que purifica el corazón de toda amargura, y que comisiona y dota al creyente para servir eficientemente a Dios. Kaboo nunca había escuchado de este Ayudador divino que llega en su plenitud únicamente después de la conversión cuando el alma, consciente de sus defectos, está lista a consagrarse enteramente a Dios.

    Así pues, el Espíritu Santo vino a socorrer al pobre Kaboo, especialmente para la oración; “pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles” (Romanos 8:26).

    De modo que Kaboo fue animado a continuar “hablando con su Padre” noche tras noche. Después de haber terminado con su tarea, luchaba en oración con voz agonizante. Esto causó disturbio en la barraca, y sus compañeros, llegados al término de su paciencia, le advirtieron que tendría que quedarse callado o buscar otro lugar donde vivir. Kaboo se fue a orar al bosque.

    Una noche se quedó hasta pasada la medianoche. “Volví” —contaría después— “a mi litera, cansado, con el corazón cargado, y me acosté a dormir. Mi lengua estaba callada, pero mi corazón seguía orando. ¡De pronto, mi cuarto se iluminó! Al principio pensé que estaba amaneciendo, pero todos a mi alrededor estaban profundamente dormidos. El cuarto se iba iluminando cada vez más, hasta que se llenó de gloria. La carga de mi corazón desapareció repentinamente y quedé con el sentir de un gozo indecible.

    “Mi cuerpo parecía tan liviano como una pluma. Estaba lleno de un poder que me hacía sentir que hasta podría volar. No pude contener mi gozo y grité hasta que todos en la barraca se despertaron. ¡Esta era mi adopción! ¡Ahora yo era hijo del Rey Celestial! Yo sabía que mi Padre me había salvado con un propósito y que haría su obra en mí”.

    Fue esta unión tan completa y armónica con Dios a través del Espíritu Santo que lo dotó con un poder sobrenatural para el liderazgo victorioso de su vida futura.

    Kaboo nunca habló de este acontecimiento glorioso como su conversión. Siempre lo llamó su “adopción”. A pesar de que no tenía ningún conocimiento del griego, usó esta palabra con el mismo sentido en que lo hiciera el erudito Pablo en su carta a los Efesios —o sea, aquel que siendo un niño de Dios, menor y débil, es por fin ubicado en el lugar de un hijo adulto, responsable, con el cual Dios tendrá una plena comunión y cooperación.

    Pero Kaboo no fue razonando todo esto, él nada sabía de teología del Espíritu Santo. Él fue llenado por el Espíritu de Dios, sencillamente porque estaba dispuesto a rendirse por completo a Dios. Buscó a Dios de la misma manera que un niño hambriento busca comida; y porque tuvo hambre de justicia, Dios envió su Espíritu transformador y de poder en respuesta a esta fe de niño.

    Kaboo fue recibido en la Iglesia Metodista y bautizado como Samuel Morris. Este nombre fue escogido por la señorita Knolls en honor a su benefactor, un banquero de Fort Wayne. El señor Morris había ayudado a la señorita Knolls a prepararse para la obra de la predicación del Evangelio. Y puesto que Kaboo era el primer fruto de las labores de esta misionera, en gratitud ella le llamó Samuel Morris. Al hacerlo así, ella no podía adivinar que éste iba a conferir uno de los más grandes honores a su bienhechor.

Las primeras señales del liderazgo

    Samuel Morris vivió en Liberia aproximadamente dos años, después de haber sido bautizado. Dejó la plantación y trabajó en Monrovia en varios empleos. Como pintor de casas, ayudó a pintar el Instituto Liberia. Su sueldo le alcanzaba apenas para subsistir, pero era feliz. Estaba tan cautivado por su relación con Dios, que buscó y habló con cada misionero de esa región.

    Trabajó mucho para ellos y también aprendió de memoria muchos de sus himnos y los solía cantar con vigor y con maravillosos resultados, a pesar de que no sabía el significado total de las palabras. Pronto fue conocido como el cristiano nativo más consagrado y fervoroso de esa región de Liberia.

    Poco tiempo después de su conversión, otro joven nativo fue guiado por él para aceptar a Cristo como su Señor y Salvador. Por una coincidencia notable, este nativo huyó de la esclavitud del mismo jefe cruel al cual Sammy había servido como rehén. Este esclavo estuvo presente en la última tortura de Kaboo; había visto el rayo de luz misteriosa y escuchado la voz ordenando a Kaboo que huyera.

    Un esclavo común era de poco valor comparado con el rehén de un jefe. Por eso, a él le había sido fácil escapar y viajar de día sin riesgo, a lo largo de una ruta convencional. Fue bautizado con el nombre de Henry O‘Neil. Confirmó el relato de Kaboo referente a su huida milagrosa. El testimonio de ambos causó gran impresión entre los blancos y nativos de Monrovia.

    Ya para entonces, Samuel Morris comenzó a mostrar ese poder asombroso del liderazgo espiritual que le iba a dar renombre en años posteriores. El incidente que sigue muestra su método singular de influenciar a otros, no por sermones o por fuerza humana, sino sencillamente por pedir al Espíritu Santo que actuara en su favor.

    Tres mujeres de Monrovia acordaron reunirse para orar desde la medianoche hasta el amanecer. De este modo buscaban promover un despertar espiritual en toda la comunidad. Pero les faltaba un nativo cuyo ejemplo alentara a los otros. Una noche entró uno; oró durante horas, postrado frente al púlpito. Las mujeres, creyendo que era un nuevo convertido, salieron rápidamente a dar la buena noticia a los demás. Cuando regresaron, se dieron cuenta de que este muchacho era Samuel Morris. Él había estado orando no por él, sino por otros. Sus oraciones fueron escuchadas. En las reuniones que siguieron, cincuenta jóvenes aceptaron a Cristo.

    El reverendo C. E. Smirl, misionero en Liberia, le dijo a Sammy que para ser un ministro eficaz en su propio pueblo, era necesario que recibiera una educación y que ésta podía ser obtenida en América. A pesar de que Sammy no tenía un centavo, alentaba la esperanza de que el Señor iba a proveerle los cien dólares necesarios para cruzar el océano. Pero su determinación final de ir a los Estados Unidos, tuvo su motivación en algo mucho más importante que un aprendizaje intelectual.

    Los sermones predicados a los nativos como Sammy, eran bastante elementales. Enfatizaban la salvación por medio de la fe en el Señor Jesús, pero revelaban muy poco la personalidad y la función específica del Consolador. Un día un misionero, lleno del Espíritu Santo, leyó a Sammy el capítulo 14 del Evangelio de San Juan, en el cual el Salvador, por primera vez, anuncia a sus discípulos la venida de su nuevo y poderoso Consolador. Sammy ya había experimentado la bendición del Espíritu Divino en su corazón; pero fue esta la primera vez que llegaba a su entendimiento el nombre y significado pleno del Espíritu Santo.

    Cuando llegó a comprender que este Espíritu obra aquí en la tierra, que es una Persona Viviente, no tuvo palabras adecuadas para expresar su asombro y felicidad. Fácilmente atribuyó la voz misteriosa, que le guió en su huida, al Espíritu de Dios. Con seguridad, Él le había hablado como a Samuel, siglos atrás, sin que tampoco reconociera aquél la voz de Dios. Sammy hizo viajes muy largos para conversar con los misioneros acerca del Espíritu Santo. El capítulo 14 de San Juan llegó a ser su tema de estudio constante.

    Visitó con tanta frecuencia a los misioneros e hizo tantas preguntas difíciles acerca del Espíritu que, por fin, una de ellos se vio obligado a confesar:

    —Samuel, ya te he dicho todo lo que sé acerca del Espíritu Santo.

    Él insistió: —¿Y quién le dijo a usted todo lo que sabe acerca del Espíritu Santo?

    Ella respondió que todo su conocimiento acerca de este tema lo debía a Esteban Merritt, quien en aquel momento era secretario del obispo Guillermo Taylor.

    Samuel Morris, entonces, preguntó:

    —¿Dónde está Esteban Merritt?

    La misionera contestó: —En Nueva York.

    —Pues iré a verlo —fue la pronta respuesta de Sammy.

    Sin mayor ceremonia, comenzó su camino dirigiéndose directamente a la costa del océano. No se preocupó más por obtener los cien dólares para su pasaje; el Espíritu Santo era más importante que el dinero; su Padre ya iba a proveer para el camino. Cuando llegó, vio un buque de vela anclado cerca de la costa y su corazón se llenó de gozo. Su Padre había respondido a sus oraciones.

    Desde el buque se echó un bote al mar, llevando a varios tripulantes y al propio capitán del barco. Cuando el capitán desembarcó para vigilar el cargamento, se vio enfrentado con un muchacho negro, poco atractivo, que le dijo:

    —Mi Padre me ha dicho que usted me llevará a Nueva York a ver a Esteban Merritt.

    El capitán, entonces, le preguntó:

    —¿Y quién es y dónde está tu padre?

    —Mi Padre está en el cielo —le contestó el nativo.

    Pero aquél, que era un hombre áspero, blasfemando, le dijo:

    —Mi buque no lleva pasajeros. Debes estar loco.

    Sin embargo, Samuel Morris estuvo de guardia cerca del bote todo el día. Por la noche, cuando el capitán regresó nuevamente al barco, Sammy le rogó por segunda vez que lo llevara a Nueva York. El capitán amenazó de sacarlo a puntapiés, y el bote volvió al buque sin él. Pero Samuel siguió creyendo en la promesa de su Padre. Durmió en la arena, donde el pequeño bote había anclado, y oró la mayor parte de la noche. Al día siguiente se le rechazó nuevamente, pero su fe era tal que no quiso dejar la costa a pesar de que no había comido por dos días. El siguiente día era domingo. El capitán y su tripulación volvieron a la costa. Al pisar tierra esta vez, el muchacho Kru corrió hacia ellos diciendo:

    —Mi Padre me ha dicho anoche que esta vez ustedes me llevarán.

    El capitán lo miró asombrado. Dos tripulantes le habían abandonado la noche anterior, de manera que le faltaba gente. Reconoció que Sammy era Kru y supuso que era un marino con experiencia, como lo eran tantos de sus paisanos.

    —¿Cuánto quieres ganar? —le preguntó.

    —Sólo lléveme hasta Nueva York a ver a Esteban Merritt —respondió Sammy.

    El capitán se volvió a la tripulación del bote y les dijo que llevaran al muchacho hasta el buque.

    Samuel Morris estaba gozoso. Sus oraciones habían sido contestadas. Ya estaba a bordo del buque que le llevaría a América.

El capitán le preguntó:

—¿En qué puedes trabajar?

—En cualquier cosa —respondió Kabú.

El capitán pensó que eso quería dejar dicho que Kabú sabía hacer de todos los trabajos de una nave, pero, realmente, lo que Kabú quería decir era que estaba dispuesto a hacer cualquier tipo de trabajo. Y, puesto que dos marineros recién habían abandonado sus posiciones, el capitán mandó que Kabú entrara a la nave.

—Y, ¿qué pides? —preguntó el capitán, refiriendo al sueldo de Kabú.

—Quiero ver a Esteban Merritt —explicó Kabú.

Así, Kabú empezó su viaje por el mar, no sabiendo nada sobre naves ni sobre el mar. Al tercer día, Kabú se encontró con otra prueba: el mareo. Pero, otra vez, la fe de él venció. Él se arrodilló y oró, diciéndole al Padre:

—Padre, Tú sabes que he prometido trabajar para el capitán cada día hasta que lleguemos a América. Pero no puedo si estoy enfermo. Quítame, entonces, esta enfermedad. —Y, desde aquel momento en adelante, siempre estuvo bien y pudo cumplir sus quehaceres.

Su ignorancia le causó muchos sufrimientos ─él fue golpeado, maldecido y pateado mucho. Pero, su paz era como un río, su confianza grande y su seguridad dulce. Tanto… ¡ que el capitán cayó bajo convicción de pecado y se convirtió! Y, el fuego de avivamiento corrió por la nave, ¡hasta que la mitad de los marineros también se rindieron a Cristo!

llega a la ciudad 

Al llegar a Nueva York, los marineros le regalaron ropa (pues empezó el viaje con muy poca ropa y sin zapatos) y le despidieron. Kabú se bajó de la nave y se acercó al primer hombre que vio; un hombre transeúnte.

—¿Dónde está Esteban Merritt? —Kabú le preguntó.

Dios estaba guiando a Kabú, porque Esteban Merritt vivía en otra parte de la gran ciudad ─a unos 5 ó 6 kilómetros de ese lugar. Sin embargo, el hombre le contestó:

—Le conozco; vive allá en la Avenida Octava, al otro lado de la ciudad. Te guiaré hasta allá si me pagas un dólar.

—Vamos —dijo Kabú; a pesar de que no tenía ni siquiera un centavo.

Al llegar al hogar de Esteban, éste iba saliendo de su casa para ir al culto.

—Allí está —dijo el guía. Kabú se le acercó a Estaban y le preguntó:

—¿Es Usted Esteban Merritt?

—Sí —respondió Esteban.

—Mi nombre es Samuel Morris ─Kabú usó su nombre inglés de América─. Acabo de llegar de África para hablar con usted acerca del Espíritu Santo.

—Muy bien —dijo Esteban—, voy al culto de oración en la calle Jane. Pasa a la misión ahí a la próxima puerta. Cuando yo vuelva, haré preparaciones para tu alojamiento.

Esteban pagó al guía y se fue al culto. Kabú entró a la misión. Al volver a su casa, a las diez y media de la noche, Esteban se recordó de Kabú. Se apresuró a la misión para prepararle su alojamiento. Pero, al entrar a la puerta de la misión, ¿qué vio? ¡Ya Kabú tenía a 17 hombres arrodillados alrededor de él! Él los había guiado a Jesús, y todos estaban regocijándose en Su perdón. Después, Esteban testificó que él nunca había visto tal cosa en toda su vida. El Espíritu Santo había obrado por medio de un pobre joven africano, quien no tenía mucha educación ni tenía “cultura”. Sin embargo, se hizo muy patente que el poder del Espíritu Santo moraba en él.

Kabú había llegado a Nueva York un viernes. Dos días después, el domingo, Esteban invitó a Kabú a acompañarle a la Escuela Dominical. Kabú nunca había visitado una Escuela Dominical, pero consintió en ir. Así, Esteban introdujo a Kabú como alguien que había llegado de África para escuchar acerca del Espíritu Santo. Muchos de los que estaban allí se rieron al escuchar esto. No obstante, Esteban le dio a Kabú la oportunidad de hablar.

Esteban nunca supo lo que Kabú dijo, pues aquél tenía que atender a otra situación mientras Kabú hablaba. Pero al regresar otra vez, Esteban se maravilló: ¡muchos jóvenes se habían adelantado al “altar”, llorando! La presencia y el poder del Espíritu Santo habían llenado el lugar.

kabu enseña

Unos días después, Esteban tuvo que ir a otra parte de la ciudad para oficiar un funeral. Él invitó a Kabú a que le asistiera, diciéndole:

—Samuel, quiero mostrarte algo de nuestra ciudad y del Parque Central.

Kabú nunca había montado un coche jalado por caballos, y su ignorancia de tales cosas casi hizo que Esteban riera. Pasaron las calles y por fin llegaron a la Gran Ópera. Esteban se la señaló a Kabú y le empezó a explicar acerca de ella. De repente, Kabú le preguntó:

—Esteban Merritt, ¿a veces ora usted en un coche?

—Sí —respondió Esteban—, muchas veces he sido bendecido mientras viajaba en coche.

Al recibir esa contestación, Kabú puso su mano sobre la de Esteban, le guió a arrodillarse y dijo:

—Vamos a orar.

Esta era la primera vez que Esteban se había arrodillado en un coche para orar. Kabú le habló al Espíritu Santo diciéndole que él había venido de África para hablar con Esteban acerca de Él, pero que Esteban siempre charlaba de otras cosas, y, que, además, quería mostrarle la iglesia, la ciudad y la gente; y que, mientras tanto, él tenía grandes deseos de escuchar y aprender acerca de Él. Kabú siguió orando, pidiendo que el Espíritu Santo quitase del corazón de Esteban todas esas cosas y que le llenase tanto de Sí Mismo… de modo que Esteban no escribiera, predicara ni hablara de otra cosa sino solamente del Espíritu Santo.

De aquel día, Esteban escribió después: “Realmente, había tres personas en el coche ese día. Nunca he conocido otro día igual; fuimos llenados del Espíritu Santo, y Él hizo de Kabú el canal por el cual yo fui instruido y capacitado más que nunca. Muchos obispos han puesto sus manos sobre mí varias veces y hasta he sido ordenado por los ancianos de la iglesia: pero esos eventos no se pueden comparar con el poder que me sobrevino cuando Kabú oraba. Santiago Caughey puso sus santas manos sobre la cabeza de Tomás Harrison y sobre la mía, orando que el Espíritu de Elías cayese sobre nosotros los Eliseo: Y, sí, el fuego cayó y el poder vino. No obstante, recibí poder permanente en el coche, al lado de Kabú. Desde entonces, no he escrito ni hablado ni siquiera una palabra, sino por y en el Espíritu Santo. Kabú fue un instrumento en las manos del Espíritu Santo para mi crecimiento y desarrollo en las estupendas cosas de Dios. Kabú fue a Fort Wayne, Indiana, y trastornó la Universidad de allí (Hechos 17:6). Él vivió y murió en el Espíritu Santo, luego de terminar su obra. Y, puesto que un hombre o mujer ungido nunca muere, la vida de Kabú sigue dando testimonio hoy en día. Mientras yo viva, las memorias de él nunca morirán. Para mí, ese humilde joven era una maravilla ─un milagro de la gracia de Dios. Aprendí a amarle como a un hermano, y de él aprendí lecciones de fe y consagración, las cuales yo nunca antes conocí.”

Entonces podemos ver que Kabú, aquél joven africano, enseñó a su maestro Esteban Merritt ─quien era reconocido por muchos como un hombre muy espiritual─ acerca del Espíritu Santo.

en la universidad

Algunos de los jóvenes de la Escuela Dominical habían formado una sociedad misionera llamada “Sociedad Misionera Samuel Morris”. Planteaban proveer todas las necesidades de Kabú hasta que el entrara a la universidad, si ésta le proveería una educación gratuita a Kabú. Así que, Esteban Merritt escribió una carta a la Universidad, pidiendo lo mismo. A pesar de que la Universidad se había formado recientemente y tenía una gran deuda, se le dio la bienvenida a Kabú. Y, en el mes de diciembre, llegó a Fort Wayne, Indiana para empezar sus estudios.

Inmediatamente, Kabú llegó a ser una curiosidad para los otros estudiantes. No sabía comer muchas de las comidas americanas y tenía que aprender las costumbres y la cultura de su nuevo hogar. Además, había cosas extrañas para él, como la nieve; ¡tal cosa nunca se ve en su tierra nativa tan caliente!

Pero, repentinamente, por medio de su vida consagrada, fue aceptado como un hijo de Dios. En el siguiente suceso, se ve un ejemplo de cómo pudo ganar el respeto de sus nuevos amigos. Al entrar a la universidad, uno de los maestros le preguntó:

—Samuel, ¿cuál cuarto quieres usar de dormitorio?

—Oh, Señor Reade —respondió Kabú—, cualquier cuarto está bien para mí. Si hay un cuarto que nadie quiere, déme ése.

Al escuchar esa respuesta… el maestro tuvo que llorar. Después dio testimonio de que, en todos sus años como maestro en esa universidad, les había preguntado a más de mil estudiantes cristianos que cuál cuarto preferían; pero Kabú fue el único que contestó que quería el cuarto que nadie quisiera.

Otra vez, Kabú enseñó a su maestro acerca del Espíritu Santo.

A pesar de su incapacidad de hablar el idioma inglés bien, a veces predicó en la iglesia. Su manera sencilla, quieta, natural y eficaz de hablar cautivó a la audiencia. Pero sus “charlas con su Padre” fueron las que ganaron el respeto de sus co-estudiantes y maestros. Mientras otros dormían, Kabú oraba: en las mañanas, a medianoche; donde y cuando quería. Tan absorto se quedaba en sus oraciones, que, a veces, muchos entraban para ver la escena, pero Kabú no se daba cuenta. Si escuchaba un toque a la puerta mientras oraba, seguía orando hasta terminar su charla con su Padre. Luego, con una sonrisa, le abría la puerta al visitante, diciéndole:

—Entra. Ya terminé de hablar con mi Padre, por el momento.

Además de ser amante a la oración, Kabú se convirtió en un amante de la Palabra, a pesar de que la lectura le era difícil. Sin embargo, cuando tenía oportunidad, la leía, o, si alguien estaba visitándolo, le pedía que le leyese un capítulo. Para Kabú, la Biblia era otro medio de escuchar la voz de su Padre.

A Kabú, le gustaba vivir en los Estados Unidos. Pero su deseo era volver a su propio país para predicarle a su propia gente. Su amor a Cristo era más fuerte que el amor a la comodidad. Con todo, el deseo de Kabú nunca se hizo realidad. El fuerte frío de Indiana, con temperaturas de 20 grados bajo cero, era demasiado para su cuerpo africano, y en el mes de enero del año 1893, sufrió un fuerte resfriado. Durante los siguientes meses, pudo estudiar, pero no pudo vencer la enfermedad por completo.

Poco a poco, su cuerpo fue perdiendo fuerza. Kabú supo que su fin se aproximaba; pero de él no se escuchó ni siquiera una queja. Cuando le preguntaron de su deseo de volver a su país para predicar, dijo:

—Otros pueden hacer la obra mejor que yo. No es mi obra, es de Cristo; Él tiene que escoger a sus propios obreros.

Viendo que su muerte estaba muy cerca, le preguntaron que si temía la muerte. Kabú sonrió y respondió:

—Oh no, Señor Reade. Después de yo conocer a Jesús, la muerte se convirtió en mi amigo.

Luego, Kabú pasó a la eternidad un día del mes de mayo del año 1893.

Su funeral fue atestado por cientos de personas, y muchos hombres fuertes lloraron sin vergüenza alguna. ¿Por qué? ¿No era Kabú solamente un pobre joven africano?

Sí, Kabú sólo era un pobre joven africano. Pero ese joven sin educación, sin dinero y sin crianza cristiana tenía algo que muchos ─sus maestros, incluso─ no tenían: una íntima relación con el Dios Viviente. Kabú hablaba con Dios, y Dios con él. Kabú caminaba con Dios.

Poco después de su muerte, durante una reunión, varias personas estaban compartiendo de cómo la vida de Kabú había afectado las vidas de ellos mismos. De repente, un joven se puso de pie y dijo que sentía que Dios estaba llamándole a ir al África para predicar a la gente de Kabú, en lugar de éste. Al sentarse ese joven, otro se puso de pie y dijo lo mismo. Y, al sentarse el segundo, el tercer joven se puso de pie y proclamó que él también sentía el llamado de Dios. Así, los tres jóvenes empezaron a prepararse para ir a África en lugar de Kabú.

El secreto de la vida de Samuel Kabú Morris está en su consagración, humildad y fe. Dios es el mismo hoy en día. Dios no está buscando la educación, la riqueza, la sabiduría humana ni la personalidad atractiva; Él busca una entrega total y una fe sencilla. Quienquiera que se rinda a Él, recibirá lo mismo que Kabú recibió: el derramamiento del Espíritu Santo en su alma.

 

Samuel morris (kabu)

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